martes, 10 de enero de 2012
“La metáfora de la enseñanza”
Mi asignatura pendiente. No todo podía ser maravilloso. Pero creo que lo más honesto es reconocerlo, igual que he reflejado mis logros debería reflejar también mis lagunas.
Debería ser fácil encontrar una metáfora que represente lo que yo entiendo por aprendizaje, evidentemente he tenido una experiencia previa como alumno, como profesor autodidacta y ahora como alumno al que le enseñan a enseñar…
Pero ¿Qué metáfora representa lo que yo entiendo por enseñar? Es decir, ¿qué se sobre este tema? ¿qué creencias o modelos poseo?¿qué teoría implícita guarda mi mente inconsciente?
Supongo que en mi corta experiencia como docente autodidacta de forma implícita la teoría que subyacía a mi práctica era la de la transmisión y procesamiento de conocimientos. No había grupos de alumnos, sino solamente el alumno y el profesor, y un diálogo entre los dos con consejos, ejercicios prácticos en los que yo trataba de transmitir conocimiento. Pero no el conocimiento en sí mismo, sino la forma en la que yo había aprendido a aprender. Trucos nemotécnicos, esquemas, mapa conceptuales…El alumno recibía la información pero no se limitaba a un proceso pasivo, lo repetía , lo practicaba…
En uno de los textos del aula virtual se hablaba del profesor como facilitador del aprendizaje. Creo que es la opción con la que me siento más identificada. En el caso del texto la metáfora presentaba al emisor como un jardinero que preparaba el terreno y lo sembraba adecuándose a sus condiciones para que crezca algo nuevo.
De nuevo recurro a mis anotaciones (las de clase y a las de estos últimos días de reflexión) y veo que mi metáfora coincide, no ha cambiado. Se parece a la del jardinero, sólo que en mi caso, y supongo que por deformación profesional, lo que se crea no es una jardín sino una casa. El constructor estudia el terreno, pone las bases para la cimentación, que debe ser lo suficientemente sólida para que lo que se construya encima no se caiga. Una vez construido los cimientos se puede comenzar a dialogar sobre el proceso, las alternativas…Se trata en cualquier caso de un trabajo de equipo, en el que colaboran distintos especialistas de distintas áreas haciendo que el producto final sea más rico.
Este modelo tiene aún alguna laguna. Si el profesor es el constructor ¿Qué papel tiene el alumno? En ningún caso lo concibo como un cliente, que demanda y sólo obtiene un resultado. La idea de un operario y su connotación empleado del constructor tampoco me parece adecuada. Quizás la opción de la autoconstrucción sea interesante, familias que con la ayuda adecuada se autoconstruyen su casa, son parte activa de la tarea, toman decisiones y el producto final es para ellos.
En cualquier caso este tema queda sin cerrar, aún queda camino por andar o casa por construir en esto de mi metáfora….
lunes, 9 de enero de 2012
“El beso de la muerte”
Terminaba mi post anterior con referencia a esta cita vista en clase:
Bateson, 1979/1993:18):
“¿Acaso los maestros saben que llevan consigo el beso de la muerte que torna insípido todo cuanto tocan, y entonces se niegan sabiamente a tocar o enseñar cualquier cosa que posea importancia para la vida real? ¿O es que portan el beso de la muerte porque no se atreven a enseñar nada de importancia para la vida real?”
Comenzábamos hace unos meses una de las clases con esta cita y reflexionábamos en su momento sobre el grado de libertad de elegir los temarios, sobre qué es lo importante de la asignatura, en que asignaturas se aprende más o menos, la diferencia entre las asignaturas obligatorias y las optativas…
Todo este debate adquiere otro significado como ya comentaba en mi post anterior. No es lo mismo aprender por obligación que elegir lo que quieres y cuando quieres aprender, sin embargo tal y como yo he ido descubriendo en este cuatrimestre no es tanto el qué sino el cómo.
Como ya he mencionado nunca hubiese elegido voluntariamente las asignaturas de didáctica, no tenía predisposición hacia esos contenidos, hacia el qué, sin embargo el cómo ha conseguido que me implique, que cambie de opinión y esté hoy aquí volviendo sobre esta cita, síntoma de evolución y en consecuencia de aprendizaje.
Ni el qué ni el cómo bastan por sí solos, el contexto es fundamental. Ya he mencionado como mi interruptor saltó una tarde de sábado, cuando estaba delante del televisor viendo una película de sobremesa. Fue la aplicación de lo aprendido en una situación de extrema cotidianidad lo que hizo saltar ese interruptor. Había aprendido cosas y las estaba utilizando fuera del aula, en mi vida diaria, no en una clase preparada sobre una película totalmente adecuada, sino en mi sofá, en mi casa, con una película más de esas de las cuatro de la tarde.
Ese concepto de realidad que se menciona en la cita ya me llamó en su día la atención, en las notas de clase tengo apuntadas a lápiz algunas preguntas: “Importancia para la vida real ¿qué es real? ¿Es la realidad de ese momento en el que aprendes la misma realidad que la del momento en que vayas a poder utilizarlo?” (de nuevo esa reticencia a levantar el brazo hizo que estas preguntas se quedaran en el borde de mi folio y no se formulasen en voz alta, el blog las saca de mi tintero y las trae hoy aquí)
Cuando escribía esto pensaba en mucha de las cosas que había aprendido en el instituto y a las que no encontré aplicación real hasta muchos años más tarde. Pensaba también en las cosas que nunca hubiese aprendido por iniciativa propia y que sin embargo terminaron entusiasmándome hasta el punto de dirigir mi futuro profesional. Realmente hay muchas otras que he olvidado y que nunca usé, pero si no hubiese pasado por todas ellas ¿cómo podría saber cuales me interesaban y cuáles no? De hecho mucho de esos conocimientos quedaron en algún rincón de mi cerebro y se reactivaron durante la universidad, llenándose de nuevo significados, y lo que es más, fueron útiles en mi vida real, en el trabajo…
El tema de la aplicación real de lo aprendido es recurrente, de nuevo en el texto “Saber perder” de Trueba el personaje de Sylvia retoma el tema y nos recuerda como la clase y lo que pasa fuera de ella parecen dos mundos paralelos y por tanto sin ningún punto de encuentro.
Mi clic saltó cuando pude aplicar lo aprendido a la vida real. Mis mundos paralelos no se encontraron en el infinito, sino aquí y ahora. El espacio entre lo aprendido y su puesta en práctica fue relativamente corto, con lo que el refuerzo para el aprendizaje fue mayor. Evidentemente mi mente es más abstracta que la de un adolescente y ha aprendido a extrapolar conocimientos (aunque a veces me la juegue como en el caso del dibujo como profesor) y en este caso la extrapolación fue automática, me pilló desprevenida por lo que tuvo aún un impacto mayor. Y por fin entendí la posición de Sylvia…
En mi postura inicial tras leer el texto la realidad tenía distintos tiempos, uno el presente en el que aprendes y otro el futuro en el que pondrás en práctica lo aprendido. El conocimiento era algo abstracto que quedaba almacenado para después ser utilizado. A mí me había funcionado. Sin embargo tras “mi pequeña revelación” he podido ver como la puesta en práctica de lo aprendido en un periodo relativamente corto supone un refuerzo positivo con una fuerza nada deleznable y difícilmente comparable a ningún otra forma de motivación. Más aún cuando tiene lugar fuera del aula, en el mundo cotidiano, ya sea con la familia o los amigos. Si a mí como adulto me ha funcionado puedo imaginar que en el caso del adolescente es aún más importante este refuerzo.
Por tanto volvemos al qué, el cómo y el contexto. ¿Cómo conseguir que lo aprendido se lleve a cabo en la vida real del adolescente fuera del aula? Esto nos lleva a un nuevo debate: la presencia de los padres en la formación de los adolescentes y la relación de la escuela con el entorno de los mismos: los mesosistemas de la familia, los amigos…
Terminamos casi como empezamos, planteando un nuevo tema de reflexión ¿hasta qué punto el beso de la muerte afecta sólo al profesor? ¿es una dolencia invisible que se extiende más allá de los muros de la clase? ¿está también presente en la vida real?
Bateson, 1979/1993:18):
“¿Acaso los maestros saben que llevan consigo el beso de la muerte que torna insípido todo cuanto tocan, y entonces se niegan sabiamente a tocar o enseñar cualquier cosa que posea importancia para la vida real? ¿O es que portan el beso de la muerte porque no se atreven a enseñar nada de importancia para la vida real?”
Comenzábamos hace unos meses una de las clases con esta cita y reflexionábamos en su momento sobre el grado de libertad de elegir los temarios, sobre qué es lo importante de la asignatura, en que asignaturas se aprende más o menos, la diferencia entre las asignaturas obligatorias y las optativas…
Todo este debate adquiere otro significado como ya comentaba en mi post anterior. No es lo mismo aprender por obligación que elegir lo que quieres y cuando quieres aprender, sin embargo tal y como yo he ido descubriendo en este cuatrimestre no es tanto el qué sino el cómo.
Como ya he mencionado nunca hubiese elegido voluntariamente las asignaturas de didáctica, no tenía predisposición hacia esos contenidos, hacia el qué, sin embargo el cómo ha conseguido que me implique, que cambie de opinión y esté hoy aquí volviendo sobre esta cita, síntoma de evolución y en consecuencia de aprendizaje.
Ni el qué ni el cómo bastan por sí solos, el contexto es fundamental. Ya he mencionado como mi interruptor saltó una tarde de sábado, cuando estaba delante del televisor viendo una película de sobremesa. Fue la aplicación de lo aprendido en una situación de extrema cotidianidad lo que hizo saltar ese interruptor. Había aprendido cosas y las estaba utilizando fuera del aula, en mi vida diaria, no en una clase preparada sobre una película totalmente adecuada, sino en mi sofá, en mi casa, con una película más de esas de las cuatro de la tarde.
Ese concepto de realidad que se menciona en la cita ya me llamó en su día la atención, en las notas de clase tengo apuntadas a lápiz algunas preguntas: “Importancia para la vida real ¿qué es real? ¿Es la realidad de ese momento en el que aprendes la misma realidad que la del momento en que vayas a poder utilizarlo?” (de nuevo esa reticencia a levantar el brazo hizo que estas preguntas se quedaran en el borde de mi folio y no se formulasen en voz alta, el blog las saca de mi tintero y las trae hoy aquí)
Cuando escribía esto pensaba en mucha de las cosas que había aprendido en el instituto y a las que no encontré aplicación real hasta muchos años más tarde. Pensaba también en las cosas que nunca hubiese aprendido por iniciativa propia y que sin embargo terminaron entusiasmándome hasta el punto de dirigir mi futuro profesional. Realmente hay muchas otras que he olvidado y que nunca usé, pero si no hubiese pasado por todas ellas ¿cómo podría saber cuales me interesaban y cuáles no? De hecho mucho de esos conocimientos quedaron en algún rincón de mi cerebro y se reactivaron durante la universidad, llenándose de nuevo significados, y lo que es más, fueron útiles en mi vida real, en el trabajo…
El tema de la aplicación real de lo aprendido es recurrente, de nuevo en el texto “Saber perder” de Trueba el personaje de Sylvia retoma el tema y nos recuerda como la clase y lo que pasa fuera de ella parecen dos mundos paralelos y por tanto sin ningún punto de encuentro.
Mi clic saltó cuando pude aplicar lo aprendido a la vida real. Mis mundos paralelos no se encontraron en el infinito, sino aquí y ahora. El espacio entre lo aprendido y su puesta en práctica fue relativamente corto, con lo que el refuerzo para el aprendizaje fue mayor. Evidentemente mi mente es más abstracta que la de un adolescente y ha aprendido a extrapolar conocimientos (aunque a veces me la juegue como en el caso del dibujo como profesor) y en este caso la extrapolación fue automática, me pilló desprevenida por lo que tuvo aún un impacto mayor. Y por fin entendí la posición de Sylvia…
En mi postura inicial tras leer el texto la realidad tenía distintos tiempos, uno el presente en el que aprendes y otro el futuro en el que pondrás en práctica lo aprendido. El conocimiento era algo abstracto que quedaba almacenado para después ser utilizado. A mí me había funcionado. Sin embargo tras “mi pequeña revelación” he podido ver como la puesta en práctica de lo aprendido en un periodo relativamente corto supone un refuerzo positivo con una fuerza nada deleznable y difícilmente comparable a ningún otra forma de motivación. Más aún cuando tiene lugar fuera del aula, en el mundo cotidiano, ya sea con la familia o los amigos. Si a mí como adulto me ha funcionado puedo imaginar que en el caso del adolescente es aún más importante este refuerzo.
Por tanto volvemos al qué, el cómo y el contexto. ¿Cómo conseguir que lo aprendido se lleve a cabo en la vida real del adolescente fuera del aula? Esto nos lleva a un nuevo debate: la presencia de los padres en la formación de los adolescentes y la relación de la escuela con el entorno de los mismos: los mesosistemas de la familia, los amigos…
Terminamos casi como empezamos, planteando un nuevo tema de reflexión ¿hasta qué punto el beso de la muerte afecta sólo al profesor? ¿es una dolencia invisible que se extiende más allá de los muros de la clase? ¿está también presente en la vida real?
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